Drama
El maniquí
Nueve años habían transcurrido desde que Luis Santurce se separó de su mujer. Después la había visto envu…
Abuela Julieta
Cada vez más hundido en su misantropía, Emilio no conservaba ya más que una amistad: la de su tía la seño…
Un sueño
El Rey Don Felipe
El Greco y sus dos acompañantes vieron abrirse por fin una mampara, y fueron introducidos, de la antec&aa…
La máscara
Aparto el libro. Desde la mesa de trabajo contemplo, entre el humo del cigarro, una estatuita de Minerva.
El casco de bronce cubre su hel&…
Monólogo del mal
Un día el Mal se encontró frente a frente con el Bien y estuvo a punto de tragárselo para acabar de una buena v…
Un beso
Esto ocurrió a principios de septiembre, días antes de la batalla del Marne, cuando la invasión alemana se extend&iacu…
La sombra
Porque el que se ensalzare será humillado, y el que se humillare será ensalzado.
(S. Mateo, v. XII, c. XIII.)
Hab…
La mujer
Paulina pasó en el confesonario media hora muy grata. Conforme iba desprendiendo los pesados frutos del pecado, el árbol ali…
Luzbel
Entre los invitados al estudio de Rangel con motivo de su última obra, estaban Jacinta Júver, una arrogante dama de ojos garz…
Las hermanas
Nunca supieron alegrías estas dos doncellas. Fueron tres hermanas y un varón. Siempre se vieron vestiditas de negro.
Ellas y l…
El rival
La única mujer que me ha trastornado inspirándome algo espiritual, algo dominador—dijo Tresmes evocando uno de sus recuerdos d…
La vanidad
Cuando Luisita sufría alguna contrariedad, exclamaba:
-¡Qué suerte tengo! ¡Todo me sale mal! Lo que a m&ia…
Comedimiento y astucia
A cuatro o cinco chiquillos
daba de comer su padre
cada día; y como eran
tantas porciones iguales,
un d&iacut…
La venganza de los Franciscanos
I
Desde el mesón del Morrudo, como se le llamaba en la comarca a su dueño, por sus gruesos labios, verdadera geta de orang…
El amo confiado y el criado inocente
En el tiempo en que Maximiliano César estaba con un numeroso ejército sitiando a Padua, un gentilhombre con su familia escap&o…
Culpar al prójimo de la falta propia
Sordo un hombre amaneció,
y viendo que nada oía
de cuanto hablaban, decía:
—¿ Qué diablos …
El quinto
No puedo dudarlo. Ella se aproxima; oigo el ruido de manera seca de sus canillas y el golpeteo de sus pies sin carne sobre los peldañ…
El vagabundo inapetente
II
¡Cuántas noches, mientras guiaba mis pasos por las desiertas calles de la ciudad, he pensado en ese vagabundo amigo m&iacut…
Nochebuena
¡La Nochebuena! ¡Ah, la Nochebuena! Jamás celebraré yo la Nochebuena…
Y Enrique Templier decía esto con una…
Elsa
I
Yo no quiero decir cómo es ella. Si digo que es rubia se imaginarán una mujer rubia, pero no será ella. Oc…